Relato corto por José Fabio Esquivel

La constelación de Escorpio te vio correr partiendo la lluvia negra y helada, Moisés de superficie, dejándote las uñas sangrantes en las piedras, rayándote la cara con los pinos perfumados y susurrantes. ¿Por qué nos abandonaste, en medio de la luna, de la noche, en el silencio de nuestras bocas cosidas? Quedamos con los dedos crispados e impotentes, quedamos bebiendo solo el agua de las goteras, que nos daba en las cabezas para mayor suplicio, bajaba sanguinolenta por la sien, por las comisuras profundas del hambre, y nos acariciaba precariamente los labios, Señor, vampiros de pronto debimos beber nuestra sangre, con ella nutrir las entrañas resecas, y allí adivinar leche o miel, pues contigo perdimos todo, el pasado olvidado y el futuro truncado, y la razón que ambas cosas contempla.

Pero el delirio no suprime el hambre que nos muerde, veneno ácido que disuelve las tripas, y en otro vampirismo, nuestro vientre se digiere a sí mismo. En tus manos acabamos siendo criaturas infames, que se engrandecen y luego merman, sin testigos ni auxilio, no somos héroes, carentes de público y ante todo de ti, tampoco llegamos a víctimas. Tal fue tu pecado, no acabar la obra, pues nos creímos Arte Mayor, cuando el dolor creció hasta transmutar, fueron nuestros cuerpos materia inanimada, la piedra que tallabas con arte de repujador de joyas, y creímos ser hechas para la trascendencia y la maravilla de todas las gentes, nuestras carnes que ya no eran tales se volverían estatuas, nos mirarían arrobados las damas y los caballeros, se harían para nosotros nichos y giras con turistas y colegiales, mira lo que valen las promesas de un hombre. De aquella grandeza caímos al ver que huías, víctima de un horror innombrado, y clamamos al cielo por ti, te llamamos a gritos por temor a la soledad, no al hambre, que mientras hay conciencia hay qué devorar, pero sí a las madrugadas cuando se cuela la luz por las cortinas y sin ti hablando no hallamos más oficio que mirarnos a nosotras mismas, eso es lo que tememos, ver inacabada tu obra, que resulta obscena y desastrosa, un batiburrillo de barro, pintura y cabellos. Vuelve a tu techo Miguel Ángel, vuelve a tu Sixtina de cuerpos, a tu viejo nido de amor, pilluelo descarado, seductor inconstante, agorero de muerte.

Ahora entra la luz por la vieja cortina coloreada, se oye un gallo en la lejanía, pero es la luz del ocaso y yo apenas despierto, y el animal inoportuna, normalmente aliado, ahora cantará tres veces para recordar tu traición, él que te ha visto parir esos montes, de noche bajar los barrancos cargando soga y serrucho, picana y machete. Ya no nos alimentas Señor, y el hambre es cruda y descarada, tiene forma de sonrisa sin labios, pura dentadura salteada, su Alquimia es brutal, vuelve el cuerpo en puro espíritu, y su materia carnal la pura ceniza de los elementos, es como la mente del sabio, nos analiza, pero este filósofo es Dios, y con la fuerza del pensamiento nos descuartiza realmente. ¿De qué se nos puede acusar? ¿Cuál es nuestro delito? Hemos esperado, adiestradas, mirando estoicamente el techo, hasta que las sombran no eran las de siempre sino otras que salían de nuestros ojos para mezclarse y jugar con ellas, hemos entrecruzado los dedos de las manos y rezado el rosario, deseándote el infierno y a nosotras la muerte, ¿A qué entonces este descaro? ¿Es que te ha hablado Dios, Amo nuestro, te ha implorado erigir altares en otras rocas? ¿Te ha llamado cosas terribles y tú de pronto temiste ser un poco como nosotras ante Aquel que todo ve y conoce? Qué extraña fuerza tuvo el empeño de devolver el río de tu voluntad iluminada, de tu sexo ardiente y sangrante, qué diluyó el placer que te dimos, dinos, ahora que nos debes algo es una razón, una idea que nos envuelva y cobije, ¿a qué nos reducimos ahora, que aprendido el juego parte el jugador?

Se derrama la luz de la noche por mil hendijas que son nuestro cielo de una sola casa astral, una rara y humana expectativa por lo futuro nos roza por un instante, se intuye el abandono, el hambre acaba, pues se ceba en lo ya sabido, y como es justo y sabido desde el inicio de los tiempos, da paso a la sed de comprender, y damos así otro pasito a la humanidad. Pero regresa el dolor, ese que nos abandonó hace tanto, vuelve como la madre que despierta al niño y le recuerda sus deberes, la escuela, lo otros ajenos a su sueño. Yo miro y yazco, incómoda de pronto y escucho un gemido como de alguien despertando, y algo en mí se estremece pues recuerdo, luego una sombra se remueve y un miembro se agita, ¿la piedra acaso vive de ese modo, tiene articulaciones un tronco, tiene alma un objeto? Eso que resucita, que se eleva imponente en la noche, negrura contra mi cielo particular (del que conozco cada estrella y figura), es un amenazante Gólem de cenicienta tez, de andar cojo y manos crispadas y separadas como si temiera tocarse, que se tambalea más que camina, es su avance un tránsito no resuelto hacia el suelo, y por poco no desfallezco, por un milagro de la tenue arquitectura de tendones, músculos y entusiasmo que me revierten la muerte ya enseñoreada en el seno de mi delicada figura. Es una verdadera revolución, como la francesa o la americana, la que por dentro de mí se resiste a la natural consecuencia del abuso, al curso prescrito del padecimiento, es un cuerpo filósofo y terco que va y viene con su mismo argumento obsoleto, y empero persiste. Tengo un hormigueo en los dedos del pie, que avanza y me toma la pantorrilla, llega a los muslos y al sexo escoriado, me araña el vientre y allí revive las viejas funciones dormidas. Aquella grotesca figura, aquel gigante de argamasa y cuerdas se acerca, me mira, quieto, me observa mientras su pecho sube y baja, adelanta la mano, se inclina poco a poco, a punto estoy de sentir su vaho pestilente, y yo alentada por la nueva electricidad que me recorre los miembros intento moverme, ejercer la defensa imposible, pero es inútil, aquel hormigueo no ha pasado del ombligo, mitad estatua mitad mujer. La altiva figura ya me posee, veo su mano a punto de tocar mi piel, y en un último arrebato de desafío le miro al rostro, que baja otro tramo y es entonces cortado por un haz de amanecer. Y es el suyo un semblante descompuesto y lívido, un femenino pozo de dolor que al verme mirarla rompe en sollozos, y yo cierro los ojos, relajo mi cuerpo tenso que se derrumba de su forzado aplomo, y siento una paz infinita y una mano en mi cabeza, y unas ganas tremendas de dormir y llorar y olvidar.

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Alquimia de muerte
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