Relato corto por José Fabio Esquivel Jiménez

-Me parece que alucino, veo que las cosas se mueven, pura fantasía de seguro.

-Por favor, explíquese.

-Quiero decir que a veces veo un movimiento con el rabillo del ojo, en el extremo de mi visión, un objeto que se corre, algo pequeño que cruza, y al voltearme no hay nada. Hace mucho que no cambio mis lentes, son para la miopía y eso tal vez pueda explicarlo.

-Haremos pruebas, empezando por sus ojos. Dígame, ¿alguna vez ha estado bajo tratamiento siquiátrico?

Una rubia y guapa enfermera se presentó y sonriendo me condujo a un cuarto cubierto con cortinas oscuras y un viejo aparato de proyección al fondo, ya me habían examinado los ojos y eché de menos la habitual tecnología del optometrista, en esa anticuada sala de proyección no pude evitar pensar en un par de ganchos de metal abriéndome los párpados.

El médico apareció con una carpeta en la mano y un aire protector, parte de su protocolo clínico, dar confianza y demás, comprendí que lo que me iba a revisar era el cerebro, ver si se me habían cruzado algunos cables.

-Por favor, mire la pantalla y preste atención a la película, luego le haré algunas preguntas, usted solo mire y deje que su mente divague.

Asentí, sin saber si la psiquiatría había ido para adelante o para atrás desde que me hicieron el último examen mental, allá en los días de colegio, cuando mis padres me descubrieron caminando dormido.

Se apaga la luz y aparecen unas líneas blancas sobre el fondo oscuro, defectos de la cinta vieja y de seguro obsoleta, vaya con el doctor, se permite ese monumento de mujer, tan enfermera como yo, y su sala de exámenes parece un burdel. La pantalla se oscurece por completo, luego es blanca, el patrón se repite en crescendo, un efecto estroboscópico. No tardo en marearme, pero al menos no veré una película, se trata acaso de medir mi respuesta a esos estímulos, que, recuerdo, causan convulsiones en los epilépticos, pero yo soy un roble en materia mental. Vengo buscando alivio a lo que es sin duda fatiga y un exceso de preocupaciones, pero el tipo quiere hurgar en mi cabeza como en un cadáver esperando sacar el órgano podrido, mas se llevará un chasco, pues soy yo quien ya saco conclusiones sobre él. Pero la cosa dura más de lo que supuse, me viene una jaqueca y sospecho que me han abandonado, no me atrevo a desviar la vista, no por obediencia al médico charlatán sino por la hipnosis de esa pantalla, el filme absorbe mi atención al punto de la parálisis, un automatismo me mantiene pendiente, incluso siento un vivo interés, y veo algo, sí, una imagen allí en el blanco cegador, quizás oculta para que la descifre. En ese parpadeo alucinante se ocultan formas y he de adivinarlas, eso me entusiasma, hasta es divertido, como buscar la figura en 3D que a veces sale en las revistas.

Toman forma dos perfiles, vagamente. Ya lo veo, dos cuerpos entregados a un amor carnal y apasionado, vaya con el doctorcito, luego me preguntará si vi algo interesante. Las figuras toman consistencia, de vaporosas se vuelven rosáceas y sólidas, puedo distinguir los detalles más escabrosos de la escena, y también sus rostros, que muestran una felicidad más allá de lo actoral. Pero de pronto sus facciones cambian, ahora muestran duda e incomprensión, se apartan como atemorizados por algo que se aproxima, desnudos e inermes, extienden los brazos para resguardarse, pero es inútil, una fuerza invisible los sacude y los lanza, y caen inmóviles y sangrantes, sus cráneos abiertos, sus caras destrozadas, y me llega una vaharada de tufo a sangre tibia. Es demasiado para mí, me levanto de un salto y me limpio el sudor de la cara, veo la pantalla que parpadea en blanco. Me giro y allí está el doctor con cara de bobo y unos papeles en la mano, tengo el impulso de lanzarme contra él y golpearlo, me detiene la sospecha de que lo sucedido tiene que ver solamente conmigo, me voy de allí sin atender a nada, doblo el pasillo hacia la calle y oigo la enfermera con voz melosa que me llama.

La luz del sol me golpea con cien gubias hirientes en la frente húmeda y palpitante, camino alejándome de allí, en cualquier dirección, luego veré como volver a casa. Me ha afectado la experiencia, sí, pero lo que explica mi desasosiego es peor, el miedo a que se vincule con mis anteriores atisbos, las fugaces visiones, que todo sea parte de un proceso enfermizo que avanza… mas por ahora debo alejarme de allí. Las personas que pasan son un raro alivio, me contagian su normalidad cotidiana, su hastío de todos los días es un bálsamo insospechado. Me detengo en un cruce peatonal y hay un hombre enfrente, esperamos que el semáforo cambie pero voltea a la derecha y reconoce a alguien, sonríe y descubro con estupefacción al hombre de la película, el actor, o lo que fuese. Casi me sorprende verlo con vida, como a un familiar fallecido, cuyo recuerdo empezamos a eliminar voluntariamente para mitigar la pena.

Va al encuentro de una mujer que ha detenido un taxi y está por entrar, se besan y se abrazan, tan radiantes como este día de verano, a la distancia no lo percibo pero casi juraría que es la mujer de la película, son amantes eso sí, se nota a leguas, y de alguna forma soy voyeur de su intimidad, sin que lo sospechen. Ignoro lo que pasa, pero si son reales y aquello se trató de una actuación hecha con algún fin retorcido, eso me exime del delirio, soy tan solo una víctima del nerviosismo, de mi sensibilidad mórbida ya manifestada desde mi lejano sonambulismo. Siento alivio, tal vez me he salvado por un pelo, me he aterrado por nada, y lo que ya hace meses presiento, eso que trato de ignorar y embozar con mil coincidencias y racionalizaciones, es una preocupación vana y gratuita.

Ya entran en la parte trasera del taxi, el chófer arranca y toman la vía, por la ventana posterior los miro abrazados, cabeza con cabeza y radiantes como este día soleado, pero entonces, entonces, el demonio hace su última y magistral jugada. El hombre gira el rostro y la besa en el cuello. El taxi dobla por la derecha y se pierden para siempre.

Comprendí que pude advertirles, que pude haber evitado que subieran al auto, aunque no me creyeran, pude hacer una escena, engañarlos, tirar de ellos para aferrarlos a la vida a su pesar, fingir que los conocía, ¡cualquier cosa! Porque nunca llegarían a destino, jamás bajarían de ese taxi. Pero no pude saberlo entonces, ¿cómo adivinar la advertencia?, era imposible hasta que fue demasiado tarde, hasta que el hombre giró la cabeza para besarla en el cuello y su rostro estaba bañado en sangre.

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Los amantes

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