El diablo
Dramatización de un hecho real
por José Fabio Esquivel

Gilberto es un hombre rústico y formado en las duras labores del campo, de cuerpo fibroso y cara tostada por el sol. Su naturaleza es inquisitiva y no conforme con explicaciones a la medida de las masas. Leyó de niño a Verne y a Salgari, que halló en la biblioteca escolar, historias de piratas y exploradores a las que siguieron en su adolescencia inquietudes más filosóficas, con Nietzsche a la cabeza, que fundamentaron su goce en negarlo todo. Fue cuando despuntó su madurez, cruzados los treinta, que olvidó el conflicto entre razón y fe que había atormentado sus años de juventud. Luego, cuando atisbó la muerte en las primeras canas y adquirió mayor gravedad, halló en Krishnamurti y Gurdjieff la sabiduría para hacer las paces con el universo. Con la misma pasión y constancia, en un contrapunto que siempre me intrigó pero hace justicia a su naturaleza, es devoto del sexo femenino, tuvo una curiosa variedad de aventuras, pero desapegadas y alardeando de una libertad sospechosa de evasión. Lo conocí en su etapa más reposada, cuando el azar nos hizo coincidir en estudios filosóficos que ninguno de los dos llegaría a concluir, pues éramos inquietos, y en el fondo ajenos a la seca Academia. Pero la historia que a continuación voy a narrar, se ubica en su juventud, cuando era insolente y se reía de los temas de la fe que le parecían cosa de niños y bobos.

A los 19 años su familia le otorgó un establecimiento consistente en cantina, una pequeña tienda de abarrotes y una sala de pooles. Estaba a la orilla de un despoblado camino de cascajo, con poco tránsito de día y ninguno de noche, en un pueblito llamado Magallanes a 10 kilómetros yendo de la ciudad de San Ramón hacia la costa. De día trabajaba en la tiendita y en la cantina al atardecer, mientras alguien le ayudaba con la sala de juegos. Al llegar las doce o la una de la madrugada se despedía el último cliente, y solo por entero, se dedicaba a hacer las cuentas. Se retiraba luego a un galerón al otro lado de la calle, precariamente armado, donde descansaba sobre un catre iluminado por apenas dos cabos de vela. Allí, mirando el techo zarandeado por el viento, se entregaba al examen mental de la jornada, luego apagaba las dos luces y dormía. La repetición del itinerario hizo que el inquieto Gilberto se fuera cansando, atizados sus conflictos a fuerza de reflexión y por la soledad de las noches, conversaba para desahogarse con cualquiera que con unos tragos por dentro se sintiera también filosófico. Su don de gentes le impedía subir de tono el debate, pero se fue corriendo la fama de que era “un descreído”, “un masón”, y hasta el padre de un mozo que frecuentaba el bar lo llamó “pierde gentes” y le prohibió el ingreso a su hogar, interdicto que hasta la fecha respeta hablando con su amigo desde la calle. Era cuestión de tiempo para que uno de los rústicos que se desahogaban de los rigores de la jornada en esa apartada cantina le retara de algún modo, reclamándole su alardeado ateísmo. Y así ocurrió alguna vez, sin consecuencias, hasta que una noche se presentó un cliente extrañamente obsesionado con el demonio, formulando un macabro reto.

El joven peón agrícola se sentó a la barra del bar, y luego de algunas cervezas tomadas en habitual plática, inició el siguiente diálogo.

-Gilberto, dicen que usted no cree en nada de las cosas de Dios, ¿Eso es cierto?

El interpelado le miró a sabiendas de que se traía algo entre manos, pues de sobra sabía la respuesta.

-Sí, pero eso no tiene nada de particular, y no se trata de que crea o no crea en Dios, sino que únicamente me fío de lo que puedo comprobar con mi propio entendimiento, y estoy convencido que las religiones fueron elaboradas por el hombre desde los primeros tiempos.

El otro sonrió malicioso, como si esperara esa contestación y tuviera lista una respuesta.

-Pero Gilberto, es que hablar de esas cosas es muy fácil, decir yo no creo en esto o aquello lo hace quien sea. Incluso alguno que en el fondo sí cree, puede decir que no, de los labios para afuera.

-Pero yo lo digo con pleno convencimiento porque he reflexionado en ese tipo de temas, además leí lo que otros han escrito. No es una ocurrencia mía, es lo que quiero decir.
-Pero a ver, Gilberto, si usted no cree en Dios, entonces tampoco cree en el Diablo, ¿verdad?

-Pues sí, ambas ideas están unidas, comparten para mí el mismo carácter ilusorio, es verdad que tampoco creo en el Diablo.

-Si la cosa es así, entonces, ¿Usted se atrevería a invocarlo, a llamar al Diablo a medianoche, en mitad de la calle?

-No tendría ningún temor en hacerlo, pero es que me parece una necedad, como llamar a la puerta de una casa que se sabe está deshabitada. Me parece una pérdida de tiempo.

-¿Pero no le daría miedo hacerlo? ¿Que el Diablo se apareciese, y nos diera un susto?

-No, de eso no tengo ningún temor porque como ya le dije, esas cosas no existen.

-Pero vuelvo a lo mismo, que hablar de eso es muy fácil, para creerle necesito hechos y no palabras, si usted sale a invocar al diablo entonces sí, me daría cuenta de que habla en serio, y no de labios para afuera.

Gilberto se sonrió, bien conocía el carácter burlón y taimado de muchos de sus clientes, pero él mismo disfrutaba esas discusiones, y cumplir semejante reto, que poco le costaba, tenía algo de divertido, a la vez que por fin dejaría en claro la fortaleza de sus convicciones.

-Bueno, si usted insiste y no hay otra forma de probarle que hablo en serio, pues está bien. Esperemos a que sean las doce, y yo salgo a la calle a invocar al Diablo.

El joven peón se sintió complacido y pidió una copa de aguardiente, pues todavía faltaba un buen trecho para la medianoche.

Para cuando el reloj señaló la hora marcada solo quedaban algunos apostadores en la sala de pooles, tan metidos en sus cábalas, que nada, ni Lucifer presentándose a los dos hombres del bar, les distraería. Gilberto, siempre de buen humor, se dispuso a ceder a la petición de su cliente, más por diversión que por el embarazo de ignorar un desafío. Saldrá a media calle a desafiar al Maligno.

El viento sopla pero no tan fuerte, se hallan bajo una luz de neón. Gilberto está para teatros, así que gesticula y habla en voz alta, para regocijo del retador. Con claridad y vehemencia invita a Satanás a presentarse, si es que existe, repite el desafío a los cuatro puntos cardinales y se ríe de buena gana, a sabiendas de que es imposible cualquier respuesta. Abre finalmente los brazos en cruz y mirando al cielo, invoca de nuevo a Lucifer:

-¡Yo llamo al Diablo, si es que existe, para que se presente aquí ante nosotros dos!

El desafío fue cumplido con creces. El cliente, ebrio, está asustado pues deberá marcharse en solitario, pero se declara satisfecho y asegura al valiente Gilberto que ya no le llamará hablador. Ambos vuelven dentro, y al cabo de una cerveza el joven parte.

Las últimas personas, incluyendo el encargado del billar, abandonan el local al mediar la una de la madrugada. No han tenido noticia de lo acontecido, ensimismados en sus apuestas y cruzando los dedos para que se tuerza el taco del contrincante. Gilberto cierra las puertas y hace caja, reflexionando apenas en el episodio, que aún le hace reír un poco, “es sorprendente la ignorancia de esta gente”, se dice a sí mismo. Cuando termina sale del local, pone el candado y anda los veinte pasos que le separan del galerón al otro lado de la calle, donde dormirá. El edificio fue un taller mecánico, con ruidosas y grandes puertas de metal y una estructura tambaleante y mecida por el viento. Ya dentro, antes que nada prende los dos cabos de vela que son toda su iluminación, se desviste y ya en el catre respira profundamente, relajado al fin. Inicia luego el ejercicio mental que es su costumbre desde hace meses, repasa todos los hechos de la jornada concernientes al negocio, para determinar si los ha resuelto correctamente. La noche se ha revuelto, ahora el viento arrecia, y amenaza con llevarse las hojas del techo, se le escucha sisear entre las altas cercas de itabos, y se oye de cuando en cuando el melancólico ulular del cuyeo, variedad de chotacabras, psicopompo que a saltos por el suelo va perdiendo a los caminantes que se aventuran a seguirle. Él no duerme, se halla consciente y reflexiona.

Gilberto me hizo el relato hace poco con tranquilidad, pero en aquella época le causaba gran agitación. Los hechos que cuenta sin embargo no han cambiado. Es un hombre de mente recta y carácter constante. conversador ameno y muy sociable. Inició un camino de autoconocimiento de la mano del budismo y la meditación, discute a Krishnamurti con propiedad, y es seguidor del Cuarto Camino de Gurdjieff. Porque le conozco, el testimonio que sigue me merece todo respeto.

Gilberto está tendido y dedicado al repaso mental de los hechos del día cuando, sin ningún tipo de aviso, su cama empieza a agitarse. Las sacudidas son violentas, al grado de tener que aferrarse para no caer. El rudo zarandeo es exclusivo de su viejo catre, y se prolonga quizás hasta dos minutos. Rápidamente la incredulidad da paso al miedo, comprende que todo es consecuencia del reto al demonio formulado hace casi dos horas, y que esa fuerza esperó encontrarlo en soledad e indefenso para manifestarse. Tuvo valor en mitad de la calle, a la luz de los neones y con otras personas cerca. Allí la posibilidad de un respuesta preternatural a su desafío le pareció cosa de viejas y beatos. Pero en la soledad de esa vieja casucha que tan poca protección ofrece contra el viento, en la soledad del monte, da una imagen más justa de lo que es el hombre ante los poderes que le trascienden. Gilberto comprende en esos segundos, prolongados cual horas, que se ha equivocado y eso, lo que sea, le echa en cara su pequeñez y orgullo de forma directa y brutal. E intuye que si no pone fin al fenómeno puede escalar hasta dimensiones más peligrosas e inmanejables. Conoce igual la solución, cada cosa tiene su opuesto, y así como invocó al mal, debe hacerlo ahora con el bien.

La cama se va con violencia de un lado a otro, es un momento irreal y de legítimo espanto. Como cristiano y católico, llama en voz alta a la Santísima Trinidad, y de modo instantáneo, sin dilación de ningún tipo, el fenómeno cesa. Se oye solamente el rugir del viento que sigue asolando la destartalada casucha. Gilberto trata de moverse mas solo sus ojos le obedecen, mira en todas direcciones para comprobar que está despierto, y opta entonces por dormirse, cosa que logra sin problemas. Así acaba el episodio, que no volverá a repetirse.

Gilberto hoy no da ninguna explicación al hecho, hace años lo atribuía a los poderes de la mente, pero sus estudios orientales le han dado mayor conocimiento de sí, a la vez que humildad para reconocer el desconocimiento humano de lo trascendente. Solo sabe que aquello realmente ocurrió, que no estaba dormido ni lo imaginó. El resto pertenece a los misterios de la vida, de este, y acaso del otro mundo.

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El Diablo by José Fabio Esquivel Jiménez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional License.

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