Los cuerpos
por José Fabio Esquivel Jiménez

La guerra nos endureció de modo inesperado en soldados ya viejos, incluso nuestros oficiales perdieron el temple por causa del enemigo, agresivo a la vez que extraño, y no solo por su apariencia, sino por diversos signos que revelaban una naturaleza diferente, y nos hicieron juzgarle tan mal. Después de batalla, por ejemplo, dejaban los cuerpos a la intemperie, tal vez, pensábamos, juzgando traicionera nuestra naturaleza. Hacer guardia nocturna se convirtió en la mayor pesadilla, las empalizadas eran sinuosas e irregulares por el durísimo y pedregoso terreno, y era costumbre hallar a la vuelta de un recodo al centinela, destrozado de modo salvaje. Debían moverse a velocidad prodigiosa, decíamos, para saltar nuestras defensas, matar y escapar.

Era tierra desconocida y hostil, hasta en sus plantas y animales: palmeras gigantes y helechos colosales que nos causaban repulsión, lagartos de piel lisa y húmeda, del largo de una barcaza, con lenguas bífidas y siseantes. Nos parecían cosas impuras y malignas. Por las noches se escuchaban sonidos peores, aullidos como de lobos que no eran lobos, bestias arrastrándose contra las tupidas matas, que dejaban un rastro de baba tan ancho como lo imposible. Y aquellos hombres, si así les puedo llamar. No me extraña el escepticismo que todos sentíamos sobre nuestra misión, pues la tierra era inhóspita para nosotros y cualquier pueblo cristiano, blasfema y acaso no creada por Dios. Fue natural que todo acabara de aquel modo.

Nuestros arqueros constantemente eran reprendidos por desperdiciar las flechas contra el follaje, solo su aguda visión evitaba que se les castigara severamente, y conociendo esa habilidad suya lanzaban nuestros capitanes furtivas miradas allí, donde afirmaban aquellos que algo nos seguía desde que penetramos el bosque, pero hallaban solo la misma monótona y exuberante muralla verde, que hacía nuestro paso lúgubre y desesperadamente lento. Así atravesamos el fértil valle, a lo largo de treinta jornadas, envenenados con los atractivos frutos rojos, hasta descubrir que eran los púrpura los únicos digeribles, y cazando simios sin pelaje y con ojos humanos que nos lanzaban su excremento desde las altas copas. Hubo algo bueno, sin embargo, la sabrosa carne de una especie de cerdo con cuernos, de los que pudimos abatir media docena, para gran algarabía de la tropa. Pero nosotros, los oficiales, que éramos cultos y sabíamos leer, que conocimos los improvisados templos al aire libre que elevan a Odín en batalla los salteadores del Norte, y contemplamos como a un prisionero de los nuestro se le practicaba el ritual mutilante del Águila de Sangre, nosotros que viajamos a Oriente, a las tierras que pertenecieron al Khan, y en especial yo, que espié a los moros disfrazados de beduino en las calles retorcidas y mortales de Damasco, solo el pequeño grupo que habíamos abandonado aquella tosca inocencia, entendimos que algo no estaba bien y acabaría mucho peor.

Perdimos hombres sin saber cómo, de pronto no estaban, sin más, una docena acaso, de nada valían las precauciones. Por eso respiramos aliviados al llegar al pie del monte, a la empinada roca cuya cima se debatía entre nubes oscuras y revueltas, un panorama poco halagüeño pero que al menos nos enfrentaba a un terreno más familiar. Sabíamos, por el testimonio de viajeros arriesgados que comerciaban con estos pueblos bárbaros, que el mayor peligro era el invierno que azotaba con violencia esas cumbres, y esto nos parecía inexplicable pues acabábamos de dejar una tórrida planicie, pero estábamos ya curados de espantos, así que nos alegramos de cargar nuestras pesadas pieles al divisar la tormenta que parecía no tener fin en aquella lejana cresta. No describiré lo que fue esa marcha, similar a los rigores de todo ascenso, cualquier escalador avezado entenderá nuestras penurias, cargando armas y equipo. Pero allí, además, empezó el hambre. Preocupados, mandamos los arqueros por una especie de cabras que vimos a cierta distancia, sobre una rocosa ladera a nuestra derecha. Volvieron horas después, con temor, habían caminado más de lo esperado, viendo con asombro que aquellos animales se hacían más y más grande al acercarse, hasta calcular que debía tratarse de monstruos, más aun al notar que sus balidos eran articulados como un lenguaje humano. Pensábamos ya en retroceder cuando llegamos a una altiplanicie en la que abundaba cierta especie de roedores, del tamaño de un gato grande y que vivían entre las rocas. Su curiosidad y valor fueron su perdición, y con ellos nos llenamos las barrigas, y guardamos otros, que el frío conservó hasta hallar otra fuente de sustento.

Después de incontables peripecias, exhaustos y enfermos, llegamos para nuestro desconcierto a una alta meseta, no a un pico, ni al filo de una cordillera como esperábamos. Nuestro cartógrafo esgrimía ante nosotros viejos pergaminos y nuestro navegante se retiró a una roca, donde se sentó a manipular el sextante. Después de largas deliberaciones que llevaron a cabo en solitario nos dijeron, con el rostro lívido y suplicándonos desandar nuestros pasos, que no estábamos sino en los bordes malditos de la infame meseta de Leng. Nuestro general enfureció llamándoles viejas creyenceras y en un arrebato en el que pude adivinar un miedo oculto y una frustración evidente, me ordenó cortar las lenguas de los desgraciados, cosa que yo me guardé de hacer ordenándoles en cambio confundirse con los soldados hasta que pasara su enojo. Un cartógrafo y un navegantes mudos no iban a sacarnos más fácilmente de allí.

Fue estando así atorados que nos visitó el enemigo. Días después los contemplamos, envueltos en largas pieles de oso blanco y con cornamentas retorcidas, que retiraban cuidadosamente para luchar, pero esa noche, invisibles, fueron como la sombra que asesinó a los primogénitos de Egipto. Atacaron degollando grotescamente a los vigías, derribando nuestras tiendas e hiriendo con tosquedad que no era de guerreros. Se llevaron algunos cuyos gritos delataban la tortura a que fueron sometidos sin dilación.

Al igual que abandonaban sus cadáveres, no respetaban los nuestros. Cuando la matanza acabó, los reunimos para darles honores en la mañana, pero varios hombres de la guardia vieron una sombra que saltó entre los peñascos y de una manera que no se explicaban, arrancó la cabeza a un noble caballero que aún llevaba el peto de la armadura, que fue todo cuanto pudo colocarse antes de morir. Luego el espectro desapareció entre las rocas.

Las rocas, eran aquí lo que los árboles en el valle inferior, impedían la vista, estorbaban la marcha y facilitaban la emboscada. Cuando marchamos, fue colocando centinelas que subían a los grandes pedruscos con sogas para otear el terreno. Nos movimos con cautela (aunque con ocasionales pérdidas) durante dos días hasta salir a una zona más despejada, donde pudimos volver a pegar los ojos. Nuestros enemigos nos habían esperado allí en lugar de atacar, lo que me confirmó una primitiva nobleza que no conciliaba con sus otros rasgos de brutalidad. Desplegamos las defensas, entretanto se veían sus propias armazones de pieles, y blancos guardas astados que nos vigilaban, inmóviles como postes. Empezaba el crudo invierno y el tiempo aciago que cambió nuestras vidas, durante el cual libramos una sola batalla contra nuestro enemigo visible. Dirán: ¿qué hay de los hombres degollados por la noche, de los emboscados en la selva? He dicho tan solo que fue una la batalla contra el enemigo visible.

Atacaron de día, empezaron a agruparse al salir el sol, levantando sus armas se arengaban unos a otros, retándonos con gestos. Nosotros, tan sólo mirábamos, de vez en cuando alguno se soliviantaba y respondía con insultos, pero le mandábamos callar. Éramos disciplinados. De modo gradual se excitaron hasta que poco antes del mediodía cayeron sobre nosotros como una turba desbocada. Los recibimos con lanzas largas, pero saltaron sobre los caídos y blandieron cuchillos y espadas de bronce. Era una lucha en desventaja y cuerpo a cuerpo, este no es un relato marcial y me ahorraré detalles, pero una hora después habíamos retrocedido hasta las rocas, resguardándonos en retirada. No nos siguieron, se negaron a acabar con nosotros en aquella trampa natural y volvieron atrás. Nos reagrupamos y pronto brillaron grandes hogueras al otro lado de la niebla, y vimos muchos centinelas enfundados en pieles, precaución irracional, supusimos, pues éramos los amenazados. No fuimos suficientemente sabios entonces, incapaces de discernir lo allí presagiado, pues los hombres de guerra somos necios y ciegos.

Por causa de tal necedad esa noche pasará a la historia, los relatos entrecortados de los sobrevivientes, si los hay, serán material de mitos y leyendas que aterrarán generaciones, guardándoles de visitar jamás esta tierra maldita. Y solo los que acaso logren desandar sus pasos con una ligereza impensable días antes, tendrán la certeza imbatible hasta el fin, de la veracidad de lo dicho. Para ellos no habrá leyenda ni mito, sino esa cruda noche de viviente y real pesadilla.

Vino mi siervo y confesó haber visto por la noche a uno inclinarse sobre mí, examinándome cuidadosamente, él, aterrado, había guardado silencio, lo miré estupefacto y supe que no mentía. Corrí a mi lecho y constaté que faltaba el pequeño escudo familiar que tejió mi esposa y había atado con cordeles sobre mi cabecera.

Afuera recogíamos los cuerpos de amigos y compañeros, mientras los del enemigo quedaban desperdigados, no sabiendo qué hacer con los que yacían muy cerca. Por cristiano deber los colocamos a cierta distancia de los nuestros, no podíamos enterrarlos ni quemarlos, así que allí permanecerían. Erigimos un montículo de rocas con una cruz entre ambos grupos, esperando que a nuestra partida no les profanaran.

El terror empezó al ocaso, al modo de difusas sombras que se aproximaban en la niebla. Nuestros fuegos eran discretos y al centro del campamento, y los vigilantes, exhaustos y somnolientos, no lo vieron hasta tenerle casi encima. Entonces gritaron y sospechamos el ataque, saltamos de nuestras tiendas con las armas aún tibias y las armaduras todavía caladas dispuestos a morir de ser el caso. Al llegar a la empalizada no distinguimos lo que ocurría, cegados. Vinieron presto las antorchas y echaron luz sobre nuestro real enemigo, el que nos diezmó ferozmente, en la selva y en la trampa rocosa que los guerreros astados evitaban a toda costa. Nunca habían dejado la abierta meseta, los hombres de la piel de oso no nos atacaron hasta ese día, guardándose del mortal territorio sin visibilidad, donde embosca y mata eso que ahora, llevado por la gula incontrolada, se dejaba ver sin precaución ni cuidado. Lanzados con la desesperación de un hambre acaso de siglos, pues parecían seres sin tiempo, separaban piernas y cráneos sin esfuerzo, engullendo carne y hueso por igual. Crecía tanto su número que acabarían pronto el festín, y debimos huir o atacar, pero nos fascinaba el horror. Nos sacó de la parálisis un grito desgarrador, nuestro general avanzó con la espada en alto, y pronto comprendimos la causa. Una bestia arrastraba por la cabeza una figura cuyos blasones dorados distinguimos a la tenue luz. La indignación nos hizo salir del trance y arremetimos, mas nuestras armas eran inútiles.

Algunos pagaron con su vidas. Nuestro general fue llevado de un brazo hacia la oscuridad, alcanzó a mirarnos y hacer un signo con la mano que no comprendí, otros dijeron que nos mandaba escapar. Una sola criatura abatimos, con fuego y espadas. Tenía en sus ojos una antigüedad sobrenatural y antes de enterrar mi espada en su boca me miró y pronunció una palabra, lo dijo en voz baja y bien me guardé de mencionarlo, pero en cambio hundí el filo hasta la empuñadura. Ni verla morir aplacó el espanto de su voz, vieja y cascada como esta meseta, y de la palabra en aquel timbre humano casi perdido. Comprendiendo al fin, por la clave así pronunciada, miré hacia atrás, el camino que debíamos remontar, y supe que estábamos perdidos. La palabra, dicha con un extinto y primitivo acento latín, era “labyrinthus”.

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