Los otros ritos
Por José Fabio Esquivel Jiménez

Vivían a las afueras del pueblo, internados en el bosque en su casa de troncos con chimenea de roca, por la cual trepaban las hiedras asomadas al alto boquete, como rindiendo tributo al calor que las mantenía vivas todo el año. También las paredes vestían un espeso manto de hojas de todos los colores y formas, y cada cual tenía una etiqueta mental donde se mencionaban sus propiedades y usos, su padre las había sembrado allí, por ser las más raras y valiosas y para que el calor, como a la hiedra, les mantuviese siempre vivas.

Alguna vez vivieron en la aldea con su madre, lo recordaba apenas, mas debieron partir y no supo las circunstancias, pero al llegar al sitio donde construyó el hombre la cabaña con la urgencia del invierno inminente, no fueron ya tres, sino dos sus futuros habitantes. Subsistían de las plantas y frutos del bosque recogidos según la estación: bellotas, fresas salvajes, miel, leña seca, todo ello junto a las yerbas maceradas o en infusión lo llevaba él al mercado en un carro tirado por su caballo, con la niña encaramada. No agradaban a todos pero su situación había mejorado, y su padre, al menos esto le decía, se encargaba de forjarle un futuro usando sus propios y particulares medios. Con trece años ya, los mozos del pueblo se le acercaban entre tímidos y maliciosos, pendientes a la vez del ceñudo e imponente padre. Dejaba de ser niña y pronto debería elegir un rumbo como mujer, e ignoraba cómo el sencillo hombre cambiaría su suerte.

Llegó diciembre, pero no participaban en los rituales de la Iglesia, otro motivo de odio, y en cambio rendían sus tributos y ofrendas a diferentes divinidades. La vida de la ciudad, el mercado y la esquiva clientela, constituían apenas la mitad de su mundo, o menos aún. Pero en la dirección del negro bosque, entre sus profundas cañadas, sus cantarinos riachuelos, bajo la atenta y más indulgente mirada del lobo y el jabalí, se encontraba su verdadero cosmos, la sociedad a cuyos cánones servían con fidelidad. Allí estaban la salud y la enfermedad, la compasión y la furia, allí las lecciones de vida y muerte se cincelaron a fuego en su tierno cerebro, y aprendió los ritos y las ceremonias. En mayo recogía ramas verdes y armaba un hombre verde al que ponía piños de ciprés por ojos, y luego le prendían fuego en una gran hoguera oculta en lo más profundo de la floresta, evocando en cualquier aldeano algo extraviado en sus andares y que viera tal fulgor, un furtivo aquelarre. Pero en diciembre celebraban lo que su padre llamaba la Pascua y el Sacrificio, y presentaban ofrendas a la divinidad. Y era a cambio de tales ritos que el hombre esperaba dotar a su hija de un porvenir brillante, no ya en la miserable villa, le decía, sino en la ciudad.

Pero un evento le hizo replantearse severamente la dirección de sus agrestes súplicas. Volvían del mercado como cada semana, y la muchacha cabalgaba sobre la vieja carreta, sujetando un jarro de miel junto a su padre. Este se detuvo para hacer algunas compras, y mientras ella esperaba, unos niños se acercaron y le gritaron:

-¡Bruja, bruja! Arderás en la hoguera de San Juan.

Ella se irguió indignada y no teniendo nada a mano les arrojó el jarro de miel, que se hizo pedazos contra el suelo. Los niños enmudecieron por la reacción inesperada, y volaron hacia la miel una, dos, cientos de abejas que cubrieron el parche viscoso como una alfombra viva, y luego se elevaron, dejando la tierra seca y los pedazos de jarrón limpios como recién salidos del horno. Quienes vieron el prodigio se santiguaron y miraron a la niña. El padre, que comprendió el gesto, arrió el caballo y partió entre el creciente murmullo.

La chica atribuyó su mutismo al enojo por la miel perdida, ella, acostumbrada a la comunión con las criaturas, sabía que la miel había vuelto a las abejas, que la devolverían al cabo del tiempo, en los silvestres panales que alcanzaba subiendo los troncos rugosos.

Pero el hombre pensaba en cosas más graves, al llegar a la cabaña la hizo descargar la carreta y guardar el caballo, luego afirmó:

-Estas navidades no haremos los sacrificios de siempre.

Ella sin entender preguntó con una vaga esperanza:

-¿Entonces iremos a la iglesia del pueblo?

-No, esta navidad acudiremos a los Otros Dioses.

Su vana expectativa se transformó en temor.

-¿Pero no me has dicho, padre, que jamás recurrimos a los Otros Dioses, sino a los gentiles que dan vida al bosque?

-Sus dones y sus ritos son lentos y productivos como la fertilidad periódica y fiel de los campos, pero nada pueden contra la ira desbocada.

Ella asintió, dando un paso hacia la amarga madurez de su padre. Por otro lado, uno solo era su recuerdo de la tierra de los poderosos entes. Tenía tres años, y se había separado del hombre que recogía leña, caminó mirando las flores y esperando ver un conejo saltar, cuando una voz le llamó: “Lidia”, dijo con claridad, viniendo de los arbustos. Tenía un tono perentorio y embriagante, que le pacificó y dio confianza. “¡Lidia!”, volvió a llamar, e iba hacia ya los arbustos cuando sintió el violento tirón de su padre, que la alzó llevándosela. Diez años después, él mismo la conducía a estas presencias llenas de dudosos augurios.

La fecha señalada por él para el ignorado ritual se fijó siete días antes de Nochebuena. La expectativa de la muchacha era grande pues conocía profundamente el bosque, exceptuando el sitio donde bajaba el terreno para internarse como un cañón donde no daba el sol en ninguna época del año, y de cuya sima subía de noche el graznido insistente de los chotacabras, en especial en luna nueva, cuando ninguno de los dos era capaz de trascender los umbrales de su casa bendecida con sahumerios.

Su padre cargó leña en la carreta y empezaron el descenso, los árboles se erguían, balanceándose sobre la ruta cada vez más estrecha, hasta que desapareció la vereda, cubierta con maleza que el animal de tiro se negaba a cruzar. Él se internó, al frente, llevando de las riendas al caballo que le seguía nervioso. De vez en cuando alzaban vuelo a su lado bandadas de pájaros invisibles y mudos, y crujían las espesas ramas agitadas por la brisa, cerrando sobre ellos la catedral de sus negras copas. Una abrupta pendiente rocosa hizo que debieran bajar la leña en brazadas hasta un área de regular tamaño en la cual, por alguna causa, la tierra negra y húmeda estaba desprovista de toda vegetación, con apenas una estaca clavada al centro del redondel. Los árboles se combaban sobre el lugar dejándole en constante penumbra, y no se escuchaba un sonido. Entonces reparó la joven en que, según descendían, había desaparecido todo rastro animal, reinando ahora la más absoluta quietud. La brisa no movía el follaje y ni un insecto se arrastraba a sus pies.

El hombre se sentó en la leña y sostuvo la cabeza entre sus manos, una sensación que solo pudo definir como sagrada le impuso a ella silencio y una tensa expectativa, que era como el cable sometido a un esfuerzo excesivo y a punto de reventar. Él se levantó, la atrajo y le dio un beso en la mejilla.

-Ahora comenzaremos, dijo.

-¿Qué debo hacer?

-Te lo diré cuando sea el momento. Ahora imploremos y cuando te diga no mires, y sé humilde ante los misterios y la antigua sabiduría de la Tierra.

El padre dispuso la leña al pie de la estaca, leña como yesca y lista para el sacrificio, e inició una letanía en una lengua muy primitiva, tanto que ella, conocedora de los antiguos volúmenes, no pudo siquiera distinguir su origen. Bajó la cabeza para unirse a la devoción del hombre, y comprendió por el olor que había sacado un manojo de yerbas aromáticas, para acentuar el poder de sus palabras.

Ordenó a la joven arrodillarse de cara al fondo de impenetrable follaje.

-Ahora cierra los ojos y no mires ¡No mires por nada del mundo!

Su voz se volvió más intensa a medida que oraba, le oyó pronunciar nombres con fervor, desconocidos pero que despertaban un inexplicable temor en su mente, exhortaba con furia las fuerzas de la tierra y el bosque, acercándose al clímax de su invocación, hasta que de pronto calló. Ella sintió frío y que la envolvía una absoluta negrura, y percibió algo que se arrastraba. El padre habló, esta vez para ella, en tono familiar.

-Los Dioses a que oramos siempre son los de la vida y la fertilidad, ellos hacen brotar el verde y multiplicarse a las criaturas. Mas para que cumplan su obra deben existir los Otros Dioses, ellos exterminan lo que es viejo y marchitan lo que es joven, son la guadaña que siega la mala yerba y prepara el campo para el sembrador. ¿Comprendes esto, no es cierto?

-Sí padre.

La sensación de algo arrastrándose se volvió cercana y no pudo resistir la curiosidad, así que entreabrió los ojos. Lo que vio la paralizó de espanto. Una serpiente oscura, gruesa como el nervudo brazo de su padre, y tan larga que no acababa de salir de entre el follaje, se movía hacia ella. Cuando estuvo a su lado se elevó, oliendo el aire con la vibrante y oscura lengua. De la criatura emanaba el frío como del sol el calor, y estuvo a punto de helarla, no obstante la sensación sagrada le impuso sumisión. La serpiente bajó la cabeza, satisfecha, y la rodeó, volviendo al follaje del que había salido, pero aunque había penetrado ya en él, su extremo final no acababa de aparecer. Esto le produjo tanto miedo que de nuevo cerró los ojos.

Su padre volvió a hablar:

-Tú entiendes el ciclo de la vida y la muerte, y que a veces la semilla yace congelada en invierno, a la espera del clima en que pueda germinar. El hombre, en cambio, debe nacer en las condiciones que le toquen en suerte, propicias o no. Pero hoy se te va a conceder una enorme gracia, hoy serás como la semilla que yace en tierra esperando la primavera para florecer.

Y tomándola la ató a la estaca a cuyo pié estaba la leña seca como yesca, lista para el sacrificio. Y los ojos de la chica se llenaron de lágrimas, pero no por sí misma sino por lo que ya no vería, el bosque que amaba, los animales que desde niña acarició y se le acercaban ya mansos, su padre y la hermosa cabaña cubierta de plantas mágicas. Miró al hombre de rostro devastado que fingía serenidad y esperó por un instante que, cual Moisés con su hijo ya listo para el sacrificio, se lanzara a liberarla, pero no hubo un dios que detuviera su mano. Y cuando ya se disponía para el final, sintió un frío que mitigaba el calor y vio que la serpiente rodeaba la hoguera como aprobando la acción del hombre, y su frío apagó las llamas, pero apagó también su vida, volviendo su carne duro mineral y liberando el espíritu que ascendió, y a medida que se alejaba, contempló el claro del bosque que se cubría de nieve, y una blanca figura rígida que le miraba ya por siempre, y el sonido de los chotacabras que volvían a esta parte del bosque, y el sol que se ponía, y el tiempo, el tiempo era ya una cosa sin sentido para ella.

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