Category: b. El Cuento de Horror


Los otros ritos
Por José Fabio Esquivel Jiménez

Vivían a las afueras del pueblo, internados en el bosque en su casa de troncos con chimenea de roca, por la cual trepaban las hiedras asomadas al alto boquete, como rindiendo tributo al calor que las mantenía vivas todo el año. También las paredes vestían un espeso manto de hojas de todos los colores y formas, y cada cual tenía una etiqueta mental donde se mencionaban sus propiedades y usos, su padre las había sembrado allí, por ser las más raras y valiosas y para que el calor, como a la hiedra, les mantuviese siempre vivas.
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El Diablo

El diablo
Dramatización de un hecho real
por José Fabio Esquivel

Gilberto es un hombre rústico y formado en las duras labores del campo, de cuerpo fibroso y cara tostada por el sol. Su naturaleza es inquisitiva y no conforme con explicaciones a la medida de las masas. Leyó de niño a Verne y a Salgari, que halló en la biblioteca escolar, historias de piratas y exploradores a las que siguieron en su adolescencia inquietudes más filosóficas, con Nietzsche a la cabeza, que fundamentaron su goce en negarlo todo. Fue cuando despuntó su madurez, cruzados los treinta, que olvidó el conflicto entre razón y fe que había atormentado sus años de juventud. Luego, cuando atisbó la muerte en las primeras canas y adquirió mayor gravedad, halló en Krishnamurti y Gurdjieff la sabiduría para hacer las paces con el universo. Con la misma pasión y constancia, en un contrapunto que siempre me intrigó pero hace justicia a su naturaleza, es devoto del sexo femenino, tuvo una curiosa variedad de aventuras, pero desapegadas y alardeando de una libertad sospechosa de evasión. Lo conocí en su etapa más reposada, cuando el azar nos hizo coincidir en estudios filosóficos que ninguno de los dos llegaría a concluir, pues éramos inquietos, y en el fondo ajenos a la seca Academia. Pero la historia que a continuación voy a narrar, se ubica en su juventud, cuando era insolente y se reía de los temas de la fe que le parecían cosa de niños y bobos.

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Los cuerpos
por José Fabio Esquivel Jiménez

La guerra nos endureció de modo inesperado en soldados ya viejos, incluso nuestros oficiales perdieron el temple por causa del enemigo, agresivo a la vez que extraño, y no solo por su apariencia, sino por diversos signos que revelaban una naturaleza diferente, y nos hicieron juzgarle tan mal. Después de batalla, por ejemplo, dejaban los cuerpos a la intemperie, tal vez, pensábamos, juzgando traicionera nuestra naturaleza. Hacer guardia nocturna se convirtió en la mayor pesadilla, las empalizadas eran sinuosas e irregulares por el durísimo y pedregoso terreno, y era costumbre hallar a la vuelta de un recodo al centinela, destrozado de modo salvaje. Debían moverse a velocidad prodigiosa, decíamos, para saltar nuestras defensas, matar y escapar.
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Relato corto por José Fabio Esquivel Jiménez

-Me parece que alucino, veo que las cosas se mueven, pura fantasía de seguro.

-Por favor, explíquese.

-Quiero decir que a veces veo un movimiento con el rabillo del ojo, en el extremo de mi visión, un objeto que se corre, algo pequeño que cruza, y al voltearme no hay nada. Hace mucho que no cambio mis lentes, son para la miopía y eso tal vez pueda explicarlo.

-Haremos pruebas, empezando por sus ojos. Dígame, ¿alguna vez ha estado bajo tratamiento siquiátrico?
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Relato corto por José Fabio Esquivel

La constelación de Escorpio te vio correr partiendo la lluvia negra y helada, Moisés de superficie, dejándote las uñas sangrantes en las piedras, rayándote la cara con los pinos perfumados y susurrantes. ¿Por qué nos abandonaste, en medio de la luna, de la noche, en el silencio de nuestras bocas cosidas? Quedamos con los dedos crispados e impotentes, quedamos bebiendo solo el agua de las goteras, que nos daba en las cabezas para mayor suplicio, bajaba sanguinolenta por la sien, por las comisuras profundas del hambre, y nos acariciaba precariamente los labios, Señor, vampiros de pronto debimos beber nuestra sangre, con ella nutrir las entrañas resecas, y allí adivinar leche o miel, pues contigo perdimos todo, el pasado olvidado y el futuro truncado, y la razón que ambas cosas contempla.
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